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El 2025 en un desayuno largo

  • Foto del escritor: Paula Lanata Cedeño
    Paula Lanata Cedeño
  • 29 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Hice algo de trampa para la revisión/evaluación del año. Revisé el carrete de mi celular y enero, como buen enero, fue una recarga de motores para lo que vendría. Febrero, en cambio, fue un mes de trabajo: de conocer otros lugares, de ir muy al sur y de tomar apuntes para, posteriormente, transformarlos en historias de vida que lleguen a miles de personas. Tengo también un video, no por casualidad, de un amanecer en Zumba que me hizo sentir en las nubes. Este mes, además, me regaló algo que no pensaba ver tan pronto: mis primeros trazos; dos de mis cuentos publicados por primera vez en un libro físico.


Llegué de viaje y ahí estaba la cajita con los libros, esperándome.
Llegué de viaje y ahí estaba la cajita con los libros, esperándome.

Marzo fue un mes de familia, de Guayaquil, de la casa de mis abuelos. Pero también de una nueva operación, que abría la puerta a una recuperación emocional larga que se extendería algunas semanas. Así llegó el nuevo mes; y en abril las citas esporádicas hicieron lo suyo. Mayo fue nuestro primer viaje sin planificación, y así recibimos el mes de nuestro aniversario: el primer año de esa boda ecuménica que tanto soñamos.


JD en Latacunga con su colada morada, ¡en mayo!
JD en Latacunga con su colada morada, ¡en mayo!

Junio llegó con un viaje flash a CDMX. Fue un mes de nuevos autores, de lectura, de ver a mi esposo en otra faceta y, por ende, a un “nosotros” distinto. De conversaciones largas, de planificación, de fe y de viajar más ligero. Julio fue un mes bombardeado por el trabajo. Tuve la oportunidad de estar algunos días en Cotacachi; y, más allá de lo publicado, conocí los sueños, las raíces y los anhelos de lideresas indígenas. Usar mi voz y mi escritura para que sus historias conquisten nuevos espacios fue un regalo.


Museo Nacional de Historia, CMDX
Museo Nacional de Historia, CMDX

Agosto trajo despedidas, pero también celebraciones: celebrar la vida y asistir, por primera vez, a un partido de fútbol femenino. Y aunque Colombia no ganó, jugó con su gente, y jugó con el cariño que solo un local puede recibir. En un abrir y cerrar de ojos, el calendario marcó septiembre: el quinto juntos. Un mes que también llegaba con una premonición: unos amigos se fueron a Machu Picchu y nos trajeron unos zapatos de bebé. Octubre, que solo iba a ser el inicio de una maestría, se transformó en el inicio de un camino por el que no había pasado; un camino que se descubre día a día, donde mi cuerpo ya no se sentía mío, pero albergaba una vida. Más precisamente: un sol. Nuestro sol, que llegará en junio.


Hicimos cartas para contarles la noticia a los abuelos, tíos y bisabuelos. Firmaba el bebé.
Hicimos cartas para contarles la noticia a los abuelos, tíos y bisabuelos. Firmaba el bebé.

Noviembre fue de pocas fotos, porque mi spot favorito —no tan instagrameable— fue el sofá. El sofá con una menta, una manta y malestares a la carta. Pero también fue un mes de encuentros; de los primeros regalos que incluían cuentos para dormir. También de las primeras señales que dio, desde mi panza, de que la sangre costeña está presente: que los bolones, el calor y la comida de la abuela le generan felicidad infinita.


Y luego vino un diciembre largo: del primer viaje a la playa siendo tres. De vacaciones, de despertar sin alarma y solo con el ruido del mar. De recordar los sabores que antes tenía mucho más cerca; las playas, los rincones. Este mes, que por naturaleza nos hace agradecer, este año ha tenido que aguantar varios “gracias”. A veces no me creo lo infinitamente generoso que ha sido Dios con nosotros.


Una semana en la playa, not enough.
Una semana en la playa, not enough.

Hasta hace unos días le decía a Juan que tenía un poco de miedo de empezar el año: es que no me quiero perder de nada. Ya no sé si la palabra es miedo; me da la impresión de que ha perdido fuerza. Tal vez es incertidumbre, pero me tranquiliza saber que tengo a un equipo que sabe jugar, que acompaña, escucha y abraza.


Este es un recap muy distinto al que hice hace dos años: recién casada, de luna de miel, muriendo de calor en Iguazú y planificando mi boda eclesiástica. Hemos estado tan acostumbrados a la grandilocuencia digital, que a veces nos parece poca cosa el año que estamos por cerrar. Tantas cosas nos pasan, que es necesario parar y mirar hacia atrás. Ahí están: la valentía que tuvimos para afrontar lo malo y la gratitud para celebrar lo bueno, que terminó multiplicándose. Gracias a la vida por este año y por el anterior, pero también por el que sigue. Todos los recap son dignos de un millón de likes, porque lo hicimos, porque lo logramos y porque seguimos aquí.


Escribo esto durante un desayuno largo, de esos que nos gustaría tener más seguido. Entre el ácido fólico y las vitaminas, con una vida que hoy me regala 16 semanas dentro de mí. Que sea un gran 2026 para todos.


Diciembre 2025, ¡gracias Dios, gracias vida!
Diciembre 2025, ¡gracias Dios, gracias vida!

 
 
 

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